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BUZONES ELECTRÓNICOS |
| El adiós del P. Pedro Llabrés Ferrer, TOR | ||
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Si es verdad lo que la tradición cuenta, en la mañana del pasado día 2 de enero al P. Pedro le debieron desfilar muchas cosas por su cabeza, como si fuera una película: su infancia en el pueblecito mallorquín de Inca, donde había nacido el 24 de abril de 1932, junto a sus padres y hermanos; el día en el que con 15 años, y siguiendo el ejemplo de dos tíos suyos religiosos franciscanos, decidió vestir él también el hábito de la TOR; su año de noviciado en Artá que concluyó con la emisión de los votos de vivir en pobreza, obediencia y castidad; la ceremonia donde ratificó sus votos solemnes dentro de la Orden; aquellos intensos días de estudio donde curso filosofía, música y teología; y sobre todo aquel 17 de marzo de 1956 en el que fue ordenado sacerdote por el obispo de Mallorca, Monseñor Jesús Enciso Viana.
Pero los mejores recuerdos que se le agolparían en esa fría mañana de enero, seguramente serían los vividos en los colegios de Quintanar de la Orden, Llucmajor y Madrid, destinos en los que se volcó plenamente tanto en el plano educativo como en el administrativo.
Estamos seguros de que uno de los mejores recuerdos que se le vendrían a la cabeza al P. Pedro es el de ese día del mes de agosto de 1977 en el que llegó al Colegio Raimundo Lulio formando parte de un nuevo equipo de religiosos “con otra mentalidad, otras maneras, otros enfoques…” y que tenían un propósito muy claro: transformar el tradicional “colegio de religiosos” en una “escuela cristiana”. Y en ese propósito el P. Pedro ha invertido los últimos 27 años de su vida.
Al P. Pedro le vino a visitar la hermana muerte, no en una fría habitación de hospital como ella hubiese querido sino, como él deseaba, en la habitación de su colegio, teniendo como última imagen su ordenador, sus libros y su piano. Y del colegio salio como lo había hecho cientos de veces en estos años, por el paso de vehículos de la calle Santa Alicia, para hacer su última gestión. En el año 1998 celebramos junto a él sus 50 años de vida religiosa, y en una emotiva celebración la Comunidad Educativa le regaló un piano electrónico. En la Hoja Informativa del mes de octubre el P. Pedro escribió unas palabras de agradecimiento que, al leerlas ahora, constituyen su mejor despedida:
Gracias.
Gracias. Por acompañarme en este paso de mis años y sorprenderme con vuestra generosidad. Lo sabía. Gracias. He caminado con vosotros veintisiete años y sólo vuestra presencia ha dado sentido a tantas horas de esfuerzo, en el quehacer conjunto de nuestro colegio. Gracias. La huella, que habéis marcado en mí, hará que os recuerde ante el Señor, rector de nuestras vidas, para que os depare también muchos 50 aniversarios, donde degustéis la plenitud y madurez de vuestro vivir, con las más profundas aspiraciones y proyectos serenamente cumplidos. Ahora. Siempre. Desde mis adentros. Muchas gracias”.
¡Descanse en paz, P. Pedro!
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